El vínculo entre el perro y el ser humano
El vínculo entre el perro y el ser humano comenzó a forjarse hace miles de años, como ayuda mutua para la supervivencia. Por ello es que Maurice Maeterlinck dice que de todas las especies y formas de vida que hay en el planeta, únicamente al perro forjó una alianza con el hombre –que aportó gran beneficio al perro, ya que mientras muchas especies animales están en peligro de extinción, se ha desarrollado una gran industria para el bienestar canino–. Sobre cómo y cuándo se formó esta relación —que es evidenciada en los restos fósiles que pudieron hallarse y analizarse hasta la fecha—, existe un amplio debate y controversia; la comprensión de este proceso nos puede ayudar a significar el rol que cumple hoy el perro en una organización militar.
Hasta hace unos años la evidencia física señalaba que la domesticación del perro había comenzado en Asia hace unos 15.000 años, precisamente en China, vinculada a incipientes prácticas agrícolas. Los primeros asentamientos habrían atraído a los lobos en busca de desperdicios, dando comienzo así a las primeras interacciones con los humanos. Un estudio presentado en la revista Science en noviembre de 2013 postula, en base a un estudio realizado con técnicas de ADN mitocondrial, que los primeros que domesticaron perros fueron los cazadores-recolectores en Europa hace unos 32.000 años. Este nuevo dato –que al lector desprevenido puede parecerle una mera anécdota– modifica la comprensión sobre la relación del perro con el hombre.
Según la teoría del acercamiento del lobo, el ser humano ya se había asentado y vivía en pequeñas comunidades agrarias, o sea había adquirido el conocimiento de cómo aprovechar las plantas, seleccionarlas y controlar sus ciclos reproductivos, de crecimiento y cosecha. Para estas comunidades, el lobo se presentó primero como una amenaza que pudo ser domesticada. El lobo sufriría modificaciones en este proceso, entre ellas la de su sistema digestivo, que le permitiría alimentarse de almidones, tornándolo menos agresivo y más dócil. Así, el perro se transformaría en una mascota que podría cumplir diferentes funciones.
El nuevo estudio nos brinda una nueva concepción del vínculo perro-hombre; la alianza entre ambos se habría producido en un contexto de alta escasez, como era el de los recolectores y cazadores que perseguían a sus presas o buscaban los frutos naturales hasta que su agotamiento, no había excedentes para volcarlo a la cría de animales; más bien, todos los integrantes de la tribu debían cumplir una función, y para ser parte de la misma, el perro también debía mostrar su valor. Y así como el hombre fabricó utensilios y armas para aumentar sus capacidades —dando punta a un palo o afilando una piedra, sobre todo para poder alimentarse de carne—, tuvo que asociarse al perro para acometer nuevas empresas; este, el perro, aportó su ferocidad y su sentido del olfato, muy superior al del hombre.
Así llegamos a una primera conclusión, y es que, al inicio de la relación entre hombre y perro, comenzó en forma cooperativa, determinada por la supervivencia y guiada por la división del trabajo; en los comienzos dicha relación tuvo más la forma de una alianza que una conquista —en aquel entonces, por su escaso desarrollo simbólico, el ser humano debería diferenciarse mucho menos de los demás animales—. Al interactuar, ambas especies iniciaron una proceso transformador en ambos sentidos, el perro (Canis lupus familiaris) es resultado de la domesticación de los lobos (Canis lupus), a la vez que esta fue la primera experiencia de domesticación de un animal por el ser humano, teniendo ello una gran incidencia en su desarrollo cultural; este fue precedente y brindó conocimiento para la domesticación de otros animales que cumplirían funciones económicas, sea de transporte, fuente de alimentos o para la producción textil.
Una vez establecida dicha alianza, el perro demostraría capacidad para cumplir funciones útiles al hacer humano; lo que determinaría la utilización de dichas habilidades para actividades no fue la destreza física del perro –hay varios animales con destrezas sobresalientes– sino la inteligencia canina, esto es, la posibilidad de integrarse a la manada humana –así nos ve el perro–, aceptando un orden jerárquico y desempeñar un rol. Puede ser utilizado para el pastoreo, y el perro puede distinguir cuando un animal es una presa y cuando es un elemento valioso para su manada; para brindar seguridad, alertando con el ladrido ante la presencia de una amenaza, o disuadiendo por la mera actitud de ataque; también se puede servir del perro para hacer la guerra.
Así como nos referimos a las primeras evidencias físicas de cómo se conformó el vínculo entre el perro y el hombre, también podemos dar cuenta de cómo en el transcurso de estos miles de años para el ser humano el instinto de manada se transformó en una tendencia a la socialización que trajo la conformación de civilizaciones —una manada a gran escala, mediada por símbolos—. La lucha por la supervivencia contra la naturaleza en un entorno de escasez mutó a una confrontación por los recursos y la supremacía. Las civilizaciones comenzaron a hacerse la guerra y para ello crearon el instrumento militar. La emergencia del campo militar, con conocimientos y procedimientos específicos, fue necesaria para alcanzar un dominio más eficiente en el uso de las personas y las armas. El perro, como aquel primer lobo que acompañó al hombre en sus excursiones de caza, sería parte también del campo de batalla.
El perro en la historia de la guerra
Son varios los ejemplos documentados en la historia militar de la utilización del perro de guerra, pero comencemos con una anécdota de Napoleón Bonaparte: la imagen que más lo impresionó luego de una batalla no tuvo que ver con el hecho de armas, sino con un perro; ocurrió en Bassano en 1796, y así lo relata:
“Estábamos solos, en la profunda soledad de una hermosa noche de luna. De repente, un perro saltó de debajo del manto de un cadáver. Vino corriendo hacia nosotros y luego, casi inmediatamente después, corrió de regreso a su amo muerto, aullando lastimosamente. Lamió la cara insensible del soldado, luego corrió hacia nosotros, repitiéndolo varias veces. Estaba buscando ayuda y venganza. No sé si era el estado de ánimo del momento, el lugar, el tiempo o la acción […] en cualquier caso, es un hecho que nada de lo que vi en ningún otro campo de batalla me produjo una impresión similar. Me detuve involuntariamente para contemplar este espectáculo. Este hombre, me dije, tal vez tiene amigos. Puede tener algunos en el campamento, en su compañía, y aquí yace, abandonado por todos, excepto por su perro. Observé, impasible, las batallas que decidieron el futuro de las naciones. Sin lágrimas, había dado órdenes que llevaron la muerte a miles. Sin embargo, aquí me conmoví, profundamente conmovido, hasta las lágrimas. ¿Y por qué? Por el dolor de un perro. ¡Qué lección la naturaleza nos estaba enseñando a través de un animal!”.
Palabras como “nobleza”, “lealtad” y “heroísmo” son significados que asigna el ser humano a conductas y actitudes que valora; para el perro, ellas son una experiencia vital y el resultado de una relación que establece con su guía. Es con él y a través de él que el perro desempeña su actividad dentro de una organización militar, según dicen en la jerga de los adiestradores, todo ello “se transmite por la correa”. Lo que pudo haber conmovido al Emperador fue haber visto en el dolor todas las características que se esperan de un soldado.
En base a estas características es que el perro iba a cumplir múltiples tareas en el ámbito militar y no solamente en la primera línea de combate. Se tiene noticia que en la antigüedad se los utilizó como medio de comunicación, con un destino trágico para los perros: se les hacía tragar un cilindro de cobre con un mensaje escrito adentro y se lo sacrificaba en destino para extraerlo del estómago.
Cuenta la leyenda, que durante una guerra los corintios habían dispuesto un puesto militar avanzado para brindar seguridad a la ciudad durante una celebración a Afrodita; la seguridad había sido reforzada con cincuenta perros. Por la noche los guardianes humanos hicieron su propia celebración, bebieron de más y fueron sorprendidos por el enemigo. Los únicos que respondieron a la amenaza fueron los perros, que se abalanzaron sobre los atacantes, retardando su avance. En el combate murieron todos los perros menos uno, que volvió a la ciudad y dio la voz (el ladrido) de alarma, lo que permitió a la ciudad de Corinto contrarrestar la invasión. En reconocimiento por tal acción al perro se le colocó un collar de plata con la inscripción «A Soter, Salvador de Corinto». Lo que no queda claro en la historia es si el perro se llamaba Soter y de allí derivo la palabra «salvador».
El perro en Malvinas
Los perros de guerra también se pueden encontrar entre las fuerzas militares que combatieron en Malvinas. La Armada Argentina envío 18 perros con sus respectivos guías con la tarea de proveer de seguridad contra posibles infiltraciones de comandos ingleses. En el terreno los perros desarrollarían una destreza muy valorada por las tropas: eran infalibles para brindar la alerta temprana ante bombardeos, especialmente los aéreos.
En los últimos días de combate, se enviaron tres perros y sus guías a primera línea como apoyo táctico a la defensa de Puerto Argentino. Dos de los perros, Ñaro y Negro, nunca fueron encontrados, la restante, Xuvia, regresó con los soldados, pero repentinamente se separó de la unidad en la noche del 13 de junio. Fue encontrada varias horas después dándole calor a un soldado argentino herido, que de otra manera hubiera muerto congelado en la fría noche de Malvinas.
El Ejército contó con la presencia de TOM, una mascota llevada de contrabando a las islas de la tropa del Grupo de Artillería 101. Como los perros de la Armada, TOM mostró su valor al anticipar los bombardeos ingleses contra la posición. Pero hizo muchos más que ello, integrado a la “manada” de soldados que servían un cañón Sofma, les daba alegría y ánimo, acercándose a quién estuviera triste para reconfortarlo. El 11 de junio, parado sobre una roca, dando alerta a un inminente bombardeo, TOM murió alcanzado por las esquirlas de una bomba arrojada por un Sea Harrier.
Según el Dr. Carreras, Gran Bretaña intentó utilizar perros para amedrentar a los soldados argentinos; los perros, de raza Bull Terrier, habrían sido lanzados en paracaídas en las islas, pero por un «error geográfico», o sea, desplegados en cualquier lado, terminaron siendo incontrolables y tuvieron que ser ultimados por los ingleses.
El perro en el terreno
La enseñanza que deja la historia del perro de guerra hasta el momento es que el can puede desempeñar diferentes funciones durante la guerra; también que en muchos casos su utilización no fue prevista antes de las operaciones, sino que responde a las necesidades que surgen del propio ambiente operacional. Ello puede relacionarse con las percepciones que puedan tenerse sobre cual es el centro de gravedad de un ejército; luego de las guerras nos quedan los nombres de los grandes estrategas, o de aquellos cuyas decisiones llevaron a una fuerza a la derrota. Pero en el campo táctico, al nivel del soldado y del cabo, para los millones anónimos que empuñan las armas y entran en contacto directo, la guerra es una abstracción, es un concepto político, distante de las necesidades del combate.
Es en el terreno que el soldado se juega su supervivencia, allí puede morir por una mina antipersonal, por una bala perdida. Es allí donde el perro es valorado, por sus dos características que antes mencionamos, primero por su instinto de manada, su capacidad de integrarse a un grupo humano, y también por poseer capacidades de las cuáles carece el hombre, sobre todo el olfato. Como dice el guía: el hombre ve, el perro huele.
A nivel táctico el perro amplía las capacidades de la unidad de combate, y le brinda flexibilidad para cumplir funciones que sin un perro no podría. En nuestro ejército, el Oficial Veterinario Reynoso, entonces con el grado de Mayor, en el año 1988 logró que se reactivara el Grupo Perros; desde entonces, y luego de mucho esfuerzo y de haber sorteado serias dificultades, el grupo logró consolidar el curso de guía de perro de guerra.
En la actualidad, donde la tecnología modificó la comprensión del campo de batalla dando lugar a la revolución de los asuntos militares –que es una orientación estratégica para obtener la mayor ventaja de los avances tecnológicos en el terreno militar–, el perro sigue siendo un elemento de alto valor para hacer frente a los presentes desafíos operacionales, sea brindando seguridad, detectando dispositivos explosivos improvisados –por ejemplo, en Irak se considera que los perros salvaron la vida de cientos de soldados, al prevenir los ataques por estos medios–, o en la búsqueda de personas, sea personal herido desplegado en el terreno, o la persecución de un objetivo humano de valor alto.