Reino Unido, Noruega y Estados Unidos rastrearon e interrumpieron una operación de submarinos rusos en aguas del Ártico próximas al archipiélago noruego de Svalbard, donde las unidades realizaban un ejercicio destinado a simular el empleo de una tecnología capaz de inutilizar infraestructura submarina. Los buques fueron detectados y confrontados durante una operación aliada y abandonaron la zona sin completar el ejercicio.
Aliados de la OTAN interrumpieron una operación de submarinos rusos en el Ártico
La actividad habría sido ejecutada por la Dirección Principal de Investigación de Aguas Profundas de Rusia, conocida por la sigla GUGI, una organización militar especializada en operaciones a grandes profundidades mediante submarinos, buques auxiliares y vehículos sumergibles. El Ministerio de Defensa británico sostiene que estas unidades poseen capacidad para reconocer y cartografiar infraestructura submarina en tiempo de paz y dañarla durante un conflicto. En abril, Londres confirmó que había seguido durante más de un mes a un submarino de ataque clase Akula y a dos submarinos especializados de GUGI mediante la fragata HMS St Albans, aeronaves de patrulla marítima P-8, helicópteros Merlin y otros medios aliados. Noruega desplegó asimismo un P-8 y una fragata.
Parte de esa operación se desarrolló cerca de Svalbard, donde existen dos cables de fibra óptica de aproximadamente 1400 kilómetros que enlazan el archipiélago con Noruega continental y alcanzan profundidades de hasta 2700 metros. Estos enlaces transportan, entre otros datos, información recibida por la estación satelital SvalSat, utilizada para descargar información de numerosas misiones espaciales. Según los funcionarios occidentales, los vehículos rusos de aguas profundas estaban simulando el despliegue de una tecnología cuya forma de funcionamiento no fue revelada. En simultáneo con el seguimiento naval, representantes británicos y noruegos habrían comunicado a Moscú que conocían esa capacidad, como medida de disuasión.
El ministro de Defensa de Noruega confirmó que la operación “buscó demostrar a Rusia que sus actividades submarinas podían ser detectadas”. El secretario de Defensa británico, John Healey, afirmó entonces que cualquier intento de dañar cables o tuberías submarinas tendría “serias consecuencias”.